Jürgen Habermas es, sin
ningún género de dudas, uno de los teóricos sociales vivos más importantes de
nuestro tiempo. Heredero de los planteamientos de la Escuela de Frankfurt, ha
mantenido un largo y vivo debate contra los autores de la posmodernidad,
sosteniendo una apasionada defensa del núcleo fundamental del proyecto
ilustrado y de la universalidad de la razón.
Pese a su enorme
prestigio, y a la gran importancia de sus aportaciones teóricas, aproximarse a
los textos de Habermas puede convertirse en una ardua tarea, debido tanto a la
densidad de su pensamiento como a la complejidad y extensión de sus obras más
significativas. Por ello, resulta muy interesante emprender un primer
acercamiento a su obra consultando algunos de sus ensayos más directos y accesibles. Así, por ejemplo, en un breve
artículo titulado “Conocimiento e Interés”,
Habermas expone la relación que, a su juicio existe entre las diversas
disciplinas científicas y las distintas dimensiones de la acción humana, que a
su vez se corresponden con intereses específicos y diferenciados. De acuerdo
con este enfoque, las Ciencias de la Naturaleza (como la Física, la Química o
la Biología) responden a un interés técnico, puesto que su objetivo último
consiste en conocer y controlar la Naturaleza. En un segundo bloque,
disciplinas como la Historia, la Antropología o la Sociología satisfacen un
interés práctico, ya que su meta es la comprensión de los hombres, para
facilitar su comunicación y su entendimiento. Por último, el Psicoanálisis y la
Filosofía (entendida como Teoría Crítica) atienden a un interés emancipatorio,
puesto que su propósito es liberar al hombre de sus condicionamientos
sociohistóricos mediante el desarrollo de la racionalidad y de la libertad.
Como queda claro desde la
lectura de esta breve y temprana obra, en los planteamientos teóricos de
Habermas se deja sentir de forma palpable la herencia de la Escuela de
Frankfurt. Reformulando los planteamientos de autores como Adorno, Horkheimer o
Marcuse, Habermas considera que la tarea fundamental a la que se enfrenta la
Teoría Social consiste en ofrecer un modelo de racionalidad que recupere la
jerarquía ilustrada de los intereses y que se fundamente en la afirmación de
una racionalidad común y universal capaz de facilitar el entendimiento y la
convivencia. De hecho, podríamos afirmar que, a lo largo de toda su obra, el
propósito último de Habermas ha sido reformular el proyecto emancipatorio de la
Ilustración desde una perspectiva teórica sustentada en la universalidad de la
razón y la afirmación de una racionalidad común.
En su búsqueda de un
fundamento para esta racionalidad universal en la que se basa todo su
planteamiento teórico, Habermas parte de un concepto pragmático de la
racionalidad articulada en el lenguaje. Para Habermas, el lenguaje no sólo es
un sistema de actos de habla, sino que además es la práctica en la que se
articula la racionalidad humana. Basándose en las aportaciones del segundo
Wittgenstein
y de Austin,
Habermas considera que la dimensión fundamental del lenguaje no es ni la
sintaxis ni la semántica, sino más bien la pragmática. La cuestión central, por
tanto, estriba en analizar el modo en que el lenguaje puede servir de
instrumento para la comunicación intersubjetiva, así como las condiciones que
deberían cumplirse para conseguir el entendimiento entre los hablantes. Según
Habermas, la comunicación se basa en cuatro pretensiones: 1) la pretensión de
inteligibilidad (lo que dice el hablante es inteligible); 2) la pretensión de
verdad (lo que dice el hablante se corresponde con la realidad); 3) la
pretensión de rectitud (lo que dice el hablante respeta el orden normativo
compartido por la comunidad dentro de la que se expresa); y 4) la pretensión de
veracidad (lo que dice el hablante se corresponde con lo que cree).
Una comunicación plena
que permita el entendimiento debe satisfacer estas cuatro pretensiones. Si, por
el contrario, estas pretensiones son puestas en cuestión, surgirá un acto de
comunicación específico (al que Habermas denomina “discurso”) en el que lo que
se pretende es argumentar la validez de un determinado acto de habla. Esta
argumentación, a su vez, debe satisfacer unas reglas específicas para ser
válida: se ha de producir en ausencia de coerciones externas y de modo abierto
y transparente, sin limitar a priori el número de participantes posibles ni sus
posibilidades de expresión. Habermas denomina “comunidad ideal de habla” a esta
situación “típico-ideal”, cuya principal finalidad es garantizar la validez
general del resultado, y por tanto la universalidad de las conclusiones.
Así pues, Habermas
propone un modelo consensual de la verdad teórica, en el que lo esencial es la
posibilidad de establecer una comunidad ideal de diálogo capaz de llegar a un
acuerdo sobre lo que es verdadero. Y del mismo modo, en el ámbito de la
racionalidad práctica, las normas legítimas son aquellas que resultan aceptadas
por los participantes de una comunidad ideal de habla mediante el acuerdo, la
negociación y el consenso. La verdad es universal e imparcial porque surge
consensualmente como resultado de un debate abierto y sin restricciones. Las
normas son universales e imparciales porque se establecen mediante un diálogo
sin coerciones ni presiones externas en una comunidad de hablantes abierta a
todos. De manera que, a través del diálogo en una comunidad ideal de habla,
Habermas defiende la posibilidad de establecer la universalidad e imparcialidad
de la racionalidad comunicativa. Si bien es cierto que no se trata de una
universalidad absoluta (puesto que siempre está condicionada a la voluntad de
dialogar, que se convierte de este modo en una especie de presupuesto ético
necesario para la constitución de la racionalidad), Habermas pretende haber
encontrado una fundamentación a la vieja aspiración ilustrada de basar el ideal
emancipatorio en una racionalidad teórica y práctica sustentada en la comunidad
ideal de diálogo.
Aplicando este modelo de
racionalidad al estudio de la sociedad industrial moderna, Habermas ha desarrollado
una de las elaboraciones teóricas más importantes de la Sociología
contemporánea. En su Teoría de la acción
comunicativa, monumental obra publicada originalmente en 1981, Habermas
realiza al mismo tiempo un exhaustivo repaso de las principales aportaciones
teóricas de los grandes autores en Sociología, y un complejo y profundo
análisis de las sociedades occidentales desarrolladas de la modernidad tardía. En
su abrumador trabajo de investigación, Habermas parte de la teoría de la
racionalización de Max Weber, comenta las aportaciones de la Escuela de
Frankfurt a la crítica de la razón instrumental, toma en consideración la
teoría de la acción que parte de Mead y de Durkheim, revisa la teoría sistémica
de Talcott Parsons, y finalmente regresa a la perspectiva marxista, para
proponer como conclusión un nuevo enfoque crítico de la teoría social.
Dada la extrema complejidad
de esta obra capital, resulta imposible abarcar su sorprendente riqueza de
contenidos en una breve reseña como esta. Así pues, nos centraremos en la
revisión de algunos aspectos concretos de la última parte del libro, que
resultan especialmente relevantes. En este significativo fragmento, Habermas
analiza lo que según su perspectiva constituye el problema fundamental de las
sociedades industriales modernas, caracterizadas por el dominio de la
racionalidad técnica e instrumental que ha conducido al bloqueo de los
intereses emancipatorios y a la colonización del mundo de la vida.
En
las consideraciones finales de la Teoría
de la acción comunicativa, Habermas parte de la teoría weberiana, pero
modificando sustancialmente algunos de sus aspectos. Según Weber, la creciente
burocratización de las sociedades modernas, ajustada a un paradigma de razón
instrumental con arreglo a fines, estaba dando lugar a una pérdida de sentido y
de libertad de los individuos, situación que puede denominarse “paradoja de la
racionalización”. Según Weber, la progresiva disolución de las convicciones
compartidas que orientaban la acción y estructuraban la identidad en las
sociedades tradicionales ha desencadenado una progresiva utilización de la
razón al servicio de la subjetividad, en el mundo caracterizado por el
“politeísmo normativo” de la modernidad.
Para Habermas, no obstante, no basta
con atenerse a la idea de una racionalidad con arreglo a fines, sino que es
preciso desarrollar un modelo más complejo de racionalidad. En su teoría,
distingue tres planos o modalidades de racionalidad: la cognitivo-instrumental,
la práctico-moral y la estético-expresiva. Además se hace necesario distinguir
dos planos diferenciados en el análisis social. Así, en primer lugar habría que
tener en cuenta al mundo de la vida, estructurado comunicativamente y basado en
el lenguaje y el diálogo, mientras que en segundo lugar sería preciso atender
al nivel sistémico, basado en el intercambio y la circulación de medios de
regulación como el poder o el dinero. En este esquema, mientras que el mundo de
la vida está integrado socialmente mediante la acción comunicativa, el mundo de
la economía y de la administración está integrado sistémicamente. En el esquema
habermasiano, el mundo de la vida está estructurado en dos órdenes
institucionales distintos que corresponden a la esfera de la vida privada y a
la esfera de la opinión pública. Por lo que respecta al sistema social, cabría
señalar las diferencias entre el subsistema económico, regido por el medio
“dinero”, y el subsistema administrativo, articulado mediante el medio “poder”.
Así pues, Habermas esboza una
reformulación de las tesis weberianas corregidas y modificadas mediante estos
conceptos. Efectivamente, el surgimiento de las sociedades modernas requiere la
institucionalización y el anclaje motivacional de ideas jurídicas y morales
postconvencionales, pero en este proceso de modernización la racionalidad
cognitivo-instrumental ha desbordado los límites de la economía y del estado y
ha penetrado en el mundo de la vida a costa de la racionalidad práctico-moral y
estético-expresiva, lo cual provoca perturbaciones en la reproducción simbólica
del mundo de la vida. De este planteamiento se puede concluir que el gran
problema de las sociedades modernas estriba en que el mundo de la vida está
siendo colonizado internamente por un tipo de racionalidad instrumental que ha
desbordado los límites del ámbito que le correspondería ocupar.
La burocratización es, tanto para
Weber como para Habermas, un proceso fundamental en las sociedades modernas en
la organización de la economía y de la administración. Sin embargo, allí donde
Weber interpreta que los actores implicados en este tipo de organizaciones se
comportan desarrollando acciones racionales con arreglo a fines, los modernos
desarrollos teóricos tienden más bien a acentuar los aspectos sistémicos
funcionalmente operativos de la organización. La tesis weberiana de la pérdida
de libertad de los actores individuales puede replantearse así como
consecuencia de un nuevo nivel de diferenciación sistémica. “Al diferenciarse
los subsistemas Economía y Estado (a través de los medios dinero y poder) de un
sistema institucional inserto en el horizonte del mundo de la vida, surgen
ámbitos de acción formalmente organizados cuya integración no discurre ya a
través del mecanismo del entendimiento, que se disocian del mundo de la vida y
que se coagulan en una socialidad vacía de sustancia normativa.”
Esto permite considerar a las organizaciones como “máquinas vivas” en
interacción con un “entorno” que “funcionan” estableciendo mecanismos de
autorregulación y homeostasis. La imagen general que proporciona la teoría de
sistemas resulta, sin embargo, en que sus categorías parecen dar por finalizado
este proceso, “como si este proceso cuyos inicios describió Weber estuviera ya
cerrado, como si una burocratización total hubiera deshumanizado ya por
completo la sociedad, la hubiera convertido en un sistema desprovisto de todo
anclaje en un mundo de la vida comunicativamente estructurado y éste, a su vez,
hubiera quedado degradado al status de un subsistema entre otros.”
En el análisis del proceso
modernizador propuesto por Habermas se integran las visiones complementarias de
Marx y de Weber. Se trata, por tanto, de complementar la visión sistémica
marxiana, en la que se estudia la acumulación de capital para explicar a partir
de ella el desarrollo de nuevas formas de producción, con los planteamientos
weberianos, más centrados en las formas de integración social, y que analizan
el modo en que la economía y la administración se han ido orientando
progresivamente hacia formas de acción racional. En la interpretación de Habermas
resulta esencial conectar estas dos caras de la explicación sociológica,
encontrando la relación entre las dimensiones sistémicas (en el mundo económico
y administrativo) y el mundo de la vida, lo cual implica localizar el “punto de
anclaje” de las prácticas correspondientes en las estructuras simbólicas de la
interacción comunicativa. Así es posible reformular la teoría weberiana de la
burocratización refiriendo el proceso tanto al plano sistémico como al del
mundo de la vida.
En este marco, la tesis weberiana de la pérdida de libertad del sujeto también
debería ser reconsiderada. Para Weber la paradoja de la racionalización social
consistía en que la racionalidad con arreglo a fines deja de estar relacionada
con la racionalidad con arreglo a valores, fundamentando así una acción eficaz
en términos instrumentales pero desarraigada de toda base ética. Habermas, en
cambio, propone considerar a estos fenómenos como efectos de un desacoplamiento
entre el sistema y el mundo de la vida.
En el esquema teórico de Habermas se
incluye una completa descripción de las interrelaciones que tienen lugar entre
los órdenes institucionales del mundo de la vida (esfera de la vida privada y
de la opinión pública) y los ámbitos del orden sistémico (el subsistema económico
y el subsistema administrativo). Así, la conexión entre la esfera de la vida
privada y el subsistema económico resulta ser doble, puesto que el individuo
como trabajador ofrece su fuerza de trabajo a cambio de rentas, mientras que
como consumidor recibe bienes y servicios en respuesta a sus demandas en el
mercado. Del mismo modo, las relaciones entre la esfera de la opinión pública y
el subsistema administrativo son asimismo dobles, ya que el individuo como
cliente entrega impuestos a cambio de rendimientos organizativos, pero también
ofrece su lealtad al sistema a cambio de decisiones políticas concretas. En
todas estas interrelaciones los medios que están en juego son siempre dos: el
dinero y el poder.
En principio, el esquema de las
interrelaciones entre el mundo de la vida y el orden sistémico no debería
generar problemas siempre que en la práctica social se respetasen los
imperativos y las dinámicas propias de cada uno de estos ámbitos.
Desgraciadamente, no cabe duda de que el proceso modernizador ha operado de un
modo significativamente distinto. Lo que se aprecia en la práctica es una
progresiva extensión de la lógica propia del ámbito sistémico a otras áreas de
influencia que, en principio, deberían regirse por la dinámica propia del mundo
de la vida. “A medida que el sistema económico somete a sus imperativos a la
forma de vida doméstica y el modo de vida de consumidores y empleados, el
consumismo y el individualismo posesivo y las motivaciones relacionadas con el
rendimiento y la competitividad adquieren una fuerza configuradora. La práctica
comunicativa cotidiana experimenta un proceso de racionalización unilateral que
tiene como consecuencia un estilo de vida marcado por un utilitarismo centrado
en torno a la especialización.”
Y lo mismo sucede respecto a la esfera de la opinión pública, ya que en ella
“la burocratización se apodera de los procesos espontáneos de formación de la
opinión y de la voluntad colectivas y los vacía de contenido.”
El punto crítico del proceso
modernizador estaría, entonces, en el momento en que la mediatización del mundo
de la vida se convierte en una colonización del mundo de la vida. Lo que Habermas aprecia en este proceso es una
hipertrofia del área de acción legítima de la racionalidad
cognitivo-instrumental, que desborda patológicamente su legítimo ámbito de
acción en detrimento de las dimensiones práctico-morales y estético-expresivas
de la racionalidad. También el análisis weberiano de la modernización cultural
acentuaba la importancia de esta fragmentación de los saberes tradicionales en
las esferas independientes del conocimiento, la justicia y el arte. Weber
señalaba el factor crucial de la profesionalización de estas esferas y la
consagración de un saber experto alejado del gran público, enfatizando lo
paradójico de este proceso de racionalización cultural que, junto con la
profundización de los saberes y su especialización, amenaza con empobrecer y
desvirtuar el mundo de la vida. De hecho, la preocupación por esta problemática
es una de las señas de identidad del movimiento ilustrado, que se propuso como
objetivo principal su superación. Al establecer esta conceptualización, lo que
Habermas viene de hecho a proponer es una recuperación del proyecto ilustrado
desde su particular planteamiento teórico. A su entender, lo que lleva “al
empobrecimiento cultural de la práctica comunicativa cotidiana no es la
diferenciación y desarrollo de las distintas esferas culturales de valor
conforme a su propio sentido específico, sino la ruptura elitista de la cultura
de los expertos con los contextos de la acción comunicativa.”
Según Habermas, el horizonte emancipador de la Ilustración no ha fracasado,
sino que simplemente es un proyecto incompleto. De lo que se trata, por tanto,
es de devolver el protagonismo a la acción comunicativa en la esfera que le
corresponde para corregir la perniciosa tendencia a la colonización del mundo
de la vida por parte de instancias como el dinero y el poder, cuyo ámbito de
actuación no debería extenderse al mundo de la vida.